martes, 27 de mayo de 2008

CUASI CUENTOS



El pensamiento


¿un defecto físico?

Necesitamos la explotación para que al incrementarse las necesidades se incremente las capacidades intelectuales de nuestro pueblo.

Mi primera infancia fue, como todas las infancias, medianamente feliz, salvo las esporádicas represalias que mis padres hacían cuando descubrían que yo estaba disfrutando “demasiado”, los privilegios de la libertad infantil. Mi mayor problema en esa época consistía en las advertencias y amenazas que mis padres hacían para que dejara de conocer el mundo a través de mi boca. No fueron pocas las veces que me dijeron entre otras cosas: raton o bos bony. Pero en ese entonces eso al contrario de medrarme me divertía.

El problema comenzó a eso de los 9 años cuando además de mi pronunciada sonrisa, se sumaba al cuadro, mi figura menguada y alargada que parecía equilibrarse más por magia que por contextura, mi poca habilidad en los deportes, las ropas viejas, los juguetes por segunda y hasta tercera vez reciclados. En fin, yo era lo que se denomina en la jerga infantil de las clases populares “el pelao que juega para el quipo que haga el primer gol”; y eso a regañadientes. Para sumar, debo confesar que además me acompañaban diariamente mi falta de carácter, mi inocencia, mi sinceridad, mi cobardía y varios otros defectos que dejo a la sospecha.

Para ese entonces hace rato la tranquilidad se había esfumado. Le temía a todo, al perro de la esquina, al niño dueño del perro, a mi maestra, a la niña que me gustaba... pero a lo que más le temía era a la figura disciplinada, intelectual, suspicaz, severa y aguda de mi padre. Le temía porque era como si yo no fuese hijo de él. Varias veces pregunte a mi madre la verdadera procedencia de mis, claramente menguados genes. Así, entre defectos y carencias trascurrió mi infancia y llegó la adolescencia. Para este punto, yo ya sabia el lugar que me tocaba en el “grupo” (cualquier grupo), yo era el gregario del duro, ese fue uno de mis primeros aciertos intelectuales, descubrí la máxima que me daría la tranquilidad de una modesta aceptación: ¡PIENSA MAL Y ACERTARAS!, Perdón me equivoque, la máxima reza así: ¡SI NO PUEDES CON EL ENEMIGO ÚNETELE!. Luego de este dolorosamente empírico descubrimiento, note que podía competir allí donde ninguno aspiraba ser bueno, de tal modo que nadie podría opacarme jamás, y así, entre disgustado y vengativo me consagre al estudio.

Empece por ser el mejor de la clase y me convertí en el favorito de los profesores, mis compañeros notaron hábilmente, que para efectos académicos les convenía mi amistad, la cual yo brindaba en un principio despreocupadamente. Tiempo después, ya a punto de graduarme vino otro maravilloso acierto, descubrí y prontamente aprendí a lucrarme en dinero o en especie de mis no natas facultades. Luego, en la universidad, encontré mi nicho, bastaba ver la cara de mis compañeros y más de mis maestros, para saber que a pocos les quedaba algo de esa estúpida ingenuidad de aquellos que buscan un mundo mejor donde todos podamos ser felices, y lo peor, ser felices sin competencia, sin humillar a otro. Por el contrarío, el sufrimiento y la frustración ya se les había convertido en un sano sentido de la venganza y la competencia, ya habían descubierto el fin de sus existencias y para eso estudiaban, trabajaban, se aliaban, para poder competir, para poder humillar, para vengarse.

Yo por esto, en un acto de generosidad propugno por la creación de un estado totalitario, para que dejen de echarle la culpa de la tara de nuestro pueblo a la alienación, a la mercantilización de la vida, a la competencia entre ciudadanos y así, finalmente los más aptos (yo entre ellos) hagamos que cada hombre pueda realizares lo mejor posible por encima de sus, naturalmente, inferiores.

El derecho de derecho.
PD: Toda mirada inteligente, es una mirada despectiva..

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